David Araujo

David Araujo

Al meditar en el tema de la Convención de la Iglesia Menonita de EE. UU. para Phoenix 13 (“Ciudadanos del Reino de Dios: Sanados por la Esperanza”), me doy cuenta que el enfoque va a ser muy saludable y benéfico para nuestra iglesia, nuestras comunidades y la nación en que vivimos. Creo que todos estamos de acuerdo que nuestro mundo se encuentra enfermo y fragmentado por causa de la caída del ser humano. Nuestro país se encuentra severamente polarizado y tal parece que no hay acuerdos ni soluciones para aquellas cosas que nos dividen. A pesar de esta realidad que no podemos negar, la palabra de Dios nos asegura que bajo el reino de Dios tendremos esperanza y sanidad. En tiempos tan polarizados como estos es bueno acudir a la palabra de Dios y recibir la correcta perspectiva que nos ayudará a derribar barreras y desmantelar las fronteras físicas y del corazón.

Hay varias perspectivas por las cuales uno puede ver al mundo y la creación de Dios. Dos de estas perspectivas son la secular y la bíblica.

La perspectiva secular, que no toma a Dios en cuenta, nos presenta a un mundo fragmentado en el cual gobernantes, reyes y príncipes reclaman regiones geográficas como si fueran suyas. Para poder establecer dominio sobre estas regiones, es necesario construir paredes, murallas y fronteras. Las fronteras que se construyen sirven una doble función: contener su territorio y súbditos y excluir a los extranjeros que no pertenecen a dicha nación. Esta perspectiva dividida fuerza al ser humano a definir su identidad en términos de raza y nacionalidad.

La otra perspectiva, la que encontramos en la Biblia, es amplia y abarca la tierra entera; toda la creación. En el Salmo 24:1 leemos: “Del Señor es a tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan … ”. Como Cristianos, debemos procurar ver al mundo a través de este lente bíblico. Si declaramos que Cristo es nuestro rey y que estamos bajo su señorío, nos damos cuenta lo difícil que es rendir suprema lealtad a una nación terrenal sin encontrarnos en contradicción con la fe que profesamos.

El ser humano, desde el momento que fue confundido por Dios y esparcido por toda la tierra, no se ha dado cuenta que su afán por construir murallas y paredes fronterizas es lo que, en cierta manera, provocó el juicio de Dios en el capítulo 11 de Génesis. La Iglesia de Dios se encuentra como peregrina y extranjera en un mundo que sigue sufriendo los efectos maléficos de la caída. ¡Vivimos en un mundo imperfecto cuya creación, al igual que la Iglesia, también espera la revelación del Hijo de Dios, Jesucristo nuestro rey soberano!

El pueblo de Dios vive con la esperanza de ser sanado de un mundo caído, sometido a frustración y fragmentado por fronteras y lealtades que solo deben rendirse a Dios. El Apóstol Pablo, hablando de esta frustración escribió en Romanos 8:20b-24: “Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Y no solo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esa esperanza fuimos sanados”.

Los gobiernos de este mundo siguen construyendo sus fronteras y exigiendo que sus residentes les declaren lealtad incondicional. Esta fragmentación entre seres humanos es una enfermedad que también será sanada cuando el reino de Dios llegue en su cumplimiento total. ¡Gloria a Dios que quienes nos identificamos como ciudadanos celestiales, un día veremos nuestra esperanza realizada por el Rey Soberano que aclama: “Mía es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan … ”.

La Iglesia del Señor hará bien en proclamar a un solo Rey y un solo reino en el cual no existen barreras nacionales, prejuicios raciales y fronteras geográficas que dividan. Sobre la esperanza y sanidad de las naciones que sale del trono de Dios, habló el escritor del libro de Revelaciones. En Apocalipsis 22:1-2 leemos: “Luego el ángel me mostró un río de agua de vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, y corría por el centro de la calle principal de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones”.

Si esto es verdad y así lo creemos, entonces proclamemos unánimemente que el reino de Dios merece toda lealtad pues solo en él recibiremos esperanza y sanidad. El reino de Dios no reconoce fronteras y nosotros debemos vivir de tal manera que la voluntad del rey se haga aquí en la tierra como en el cielo.

—David Araujo es pastor de la Iglesia Menonita del Buen Pastor en Goshen, Indiana. Nació en Guadalajara, Jalisco, México. A los dieciséis años de edad conoció al Señor en la Iglesia Cristiana Menonita en Chicago. David se graduó de Goshen College en 1995 con un grado doble en Ministerios Hispanos y Comunicaciones. Él es miembro de varias organizaciones de traductores e intérpretes profesionales, y está sirviendo la Iglesia Menonita de EE. UU. como coordinador de interpretación para la convención en Phoenix este julio.